
Mercedes Sosa falleció el pasado 4 de octubre, fecha en la que se celebraban los 92 años del natalicio de Violeta Parra, otra de las grandes cantautoras latinoamericanas. No es una coincidencia que debería dejarse pasar desapercibida, es más bien el acuso del destino que cada día recuerda que la vida es un préstamo, más que un regalo.
Sosa hoy engruesa las filas de todas aquellas almas a quienes la tierra pidió de regreso después de darles el tiempo para combatir desde el modo más popular de todos: la música. ¿Y es que acaso quién podría decir que jamás ha escuchado su voz? Su importancia caldeó en varias generaciones, que sintieron que era la banda sonora de la lucha de las mujeres, los latinoamericanos, y la defensa de los derechos humanos.
Mercedes Sosa falleció el pasado 4 de octubre, fecha en la que se celebraban los 92 años del natalicio de Violeta Parra, otra de las grandes cantautoras latinoamericanas. No es una coincidencia que debería dejarse pasar desapercibida, es más bien el acuso del destino que cada día recuerda que la vida es un préstamo, más que un regalo.
Sosa hoy engruesa las filas de todas aquellas almas a quienes la tierra pidió de regreso después de darles el tiempo para combatir desde el modo más popular de todos: la música. ¿Y es que acaso quién podría decir que jamás ha escuchado su voz? Su importancia caldeó en varias generaciones, que sintieron que era la banda sonora de la lucha de las mujeres, los latinoamericanos, y la defensa de los derechos humanos.
Por eso no hay que olvidar su voz, porque era la voz de todos. No deben dejarse atrás sus cantos, que dieron otro cuerpo a las composiciones de grandes cantores latinoamericanos. Pero, por sobre todo, no hay que dejar de agradecer en la eternidad que ahora ella misma encarna el modo en el que forjó el devenir de la canción social latinoamericana.
Las notas de paz que jamás dudó en entornar, la hicieron víctima del exilio y la represión, obstáculos que debió sortear con la valentía que la caracterizó hasta sus últimos días. Luchó contra la misma enfermedad que habría de llevarse a la poetisa Alfonsina Storni, la misma a la que le cantaba “Alfonsina y el mar”. Y teniendo como arma la palabra y la voz, se aferró a la vida que tanto le dio hasta que sintió que era hora de despedirse de todos aquellos que respiraban con sus tonadas.
Se fue la voz de los reprimidos latinoamericanos. El mundo que ahora la llora dará gracias a la vida por sus cantos, un agradecimiento que debería durar la misma eternidad que ahora ella encarna.
Sosa hoy engruesa las filas de todas aquellas almas a quienes la tierra pidió de regreso después de darles el tiempo para combatir desde el modo más popular de todos: la música. ¿Y es que acaso quién podría decir que jamás ha escuchado su voz? Su importancia caldeó en varias generaciones, que sintieron que era la banda sonora de la lucha de las mujeres, los latinoamericanos, y la defensa de los derechos humanos.
Mercedes Sosa falleció el pasado 4 de octubre, fecha en la que se celebraban los 92 años del natalicio de Violeta Parra, otra de las grandes cantautoras latinoamericanas. No es una coincidencia que debería dejarse pasar desapercibida, es más bien el acuso del destino que cada día recuerda que la vida es un préstamo, más que un regalo.
Sosa hoy engruesa las filas de todas aquellas almas a quienes la tierra pidió de regreso después de darles el tiempo para combatir desde el modo más popular de todos: la música. ¿Y es que acaso quién podría decir que jamás ha escuchado su voz? Su importancia caldeó en varias generaciones, que sintieron que era la banda sonora de la lucha de las mujeres, los latinoamericanos, y la defensa de los derechos humanos.
Por eso no hay que olvidar su voz, porque era la voz de todos. No deben dejarse atrás sus cantos, que dieron otro cuerpo a las composiciones de grandes cantores latinoamericanos. Pero, por sobre todo, no hay que dejar de agradecer en la eternidad que ahora ella misma encarna el modo en el que forjó el devenir de la canción social latinoamericana.
Las notas de paz que jamás dudó en entornar, la hicieron víctima del exilio y la represión, obstáculos que debió sortear con la valentía que la caracterizó hasta sus últimos días. Luchó contra la misma enfermedad que habría de llevarse a la poetisa Alfonsina Storni, la misma a la que le cantaba “Alfonsina y el mar”. Y teniendo como arma la palabra y la voz, se aferró a la vida que tanto le dio hasta que sintió que era hora de despedirse de todos aquellos que respiraban con sus tonadas.
Se fue la voz de los reprimidos latinoamericanos. El mundo que ahora la llora dará gracias a la vida por sus cantos, un agradecimiento que debería durar la misma eternidad que ahora ella encarna.
