“La tigresa que menos corre, resulta ser la que vuela” –Dice Alicia por sexta vez en toda la conversación.
“¿No crees que es un poco apresurado ir a él ahora?” Le pregunta Salomé al teléfono, mientras se mira al espejo que tiene en el techo de su cuarto.
Le gusta como se ve el día de hoy. Las pestañina que olvidó a propósito quitarse la noche anterior, está corrida ahora en el área alrededor de sus ojos, ocasionándole así un aire sombrío que a veces le gusta. Sus labios rojos, su cuerpo desnudo y el cigarrillo en su boca, ayudan a esa imagen que, al menos el día de hoy, la hace sentir más atractiva que nunca.
Ha pasado una buena noche, una como la que hace mucho no pasaba. Llevaba varios meses tratando de ser amiga nuevamente de Morfeo, pero él parecía huirle. Sin embargo, anoche durmió con él y hasta tiene la impresión de que le hizo el amor. No sabe por qué, pero es esa sensación con la que todos despertamos creyendo haber soñado con algo pero sin estar seguros de aquello.
-“No”. Le responde Alicia. “¿Acaso el no vendrá a mí tarde o temprano?”.
La noche anterior habían salido juntas a tomar un par de margaritas, que luego se convirtieron en incontables decenas de cocteles y mezclas de licor que ya poco recordaban. Era un bar con luces rojas, que las hacía sentir como un par de putas provocadoras esperando por un cliente en la barra. Sin embargo ambas estaban muy distantes de ese tipo de mujeres.
Salían pocas veces al mes y, a pesar de que más de un amor de cantina había pasado por sus historiales, podían considerarse moralmente adaptadas a la sociedad, como ellas mismas se definían.Anoche no fue la excepción. Un hombre con cierto aire interesante pasó toda la noche tratando de invitar a un coctel a Alicia. Sin embargo, ella se regía bajo un principio fundamental: entre más difícil se muestre, más en la palma de su mano tiene a los hombres. Salomé no se encontraba muy de acuerdo con ello, pero la historia demostraba que, definitivamente, era Alicia quien más conquistaba. Parecía que la premisa funcionaba.
-“Era hora ya” –Salomé le dijo. “Tú siempre accedes justo en el momento anterior al que los hombres están a punto de rendirse”.
Con una sonrisa triunfal, Alicia tomó la copa que el hombre le ofrecía con su brazo extendido y se la bebió de un sorbo. Sacó una carta con el haz de corazones de su billetera y, pidiéndole una plumilla al hombre, anotó en ésta su teléfono y su nombre.
“Ahora el tuyo” –le pidió ella a él.
“273-5573235” –le dijo él, como si los números quisieran salírsele ya de la boca, de la asfixia que sentían desde que vieron a Alicia.
“La tigresa que menos corre, resulta ser la que vuela” –pensó ella, haciendo referencia a la vieja costumbre que tiene de armar frases sin sentido para aprenderse los números de teléfono.La cantidad de letras de cada palabra le ayudaría a recordar su número de teléfono móvil. Además, la frase le resultaba interesante y le sorprendía la facilidad con la que se le había venido al pensamiento.
-“No lo hagas” –le dice Salomé. “En serio, es demasiado pronto para que lo llames, apenas ha pasado una noche. Además, él también tiene tu número. Espera a que sea él quien te busque”.
-“¿Es que acaso no has visto el modo en el que nos miramos? Es inevitable acabar esto del modo en el que ambos lo queremos. Siendo así ¿por qué no agilizar el proceso?”- Le dice Alicia, quien ya está cansada del exceso de confianza en cuestiones de flirteo por parte de Salomé.
Es muy cínico de su parte el darle consejos, cuando ella jamás logra conquistar a ningún hombre y es, finalmente, Alicia quien más suerte y experiencia tiene en cuestiones del amor.
-“Ya sé que haré” –complementa Alicia.
Toma su teléfono móvil para marcar a su idílico conocido, esperando que Salomé escuche su conversación y se dé cuenta de cómo se debe hacer para tener a un hombre a sus pies.
“La tigresa que menos corre, resulta ser la que vuela”, recuerda. Y marca el 273-5573235.
En una oreja sostiene el auricular del teléfono rojo de disco que reposa sobre su mesa de noche, en la otra tiene su celular esperando que la llamada inicie.
Mientras escucha el bip en su oído derecho y espera a que él le conteste. En su oído izquierdo empieza a oír un timbre de celular.
“Lo siento querida, la tigresa que menos corre, resulta ser la que vuela” –le dice su amiga a Alicia, mientras apaga su cigarrillo, cuelga el teléfono y se abalanza, nuevamente, sobre el cuerpo desnudo del hombre. Le gusta cómo se ven juntos en el reflejo del espejo que tiene en el techo de su cuarto.

((Cualquier semejanza con hechos reales, correrá por vuestra propia imaginación))
ResponderEliminarArrivederci é buona fortuna!